
La memoria y las emociones están profundamente conectadas. No recordamos las cosas de forma “neutra”: lo que sentimos influye en qué guardamos, cómo lo guardamos y cómo lo recuperamos después.
Cuando ocurre algo que nos provoca una emoción intensa (alegría, miedo, tristeza, sorpresa) el cerebro lo considera importante. Por eso solemos recordar mejor: el día de nuestra boda, el nacimiento de un hijo o la ruptura sentimental con una pareja.
Una estructura cerebral llamada Amígdala cerebral trabaja junto con el Hipocampo para “marcar” ciertos acontecimientos como relevantes.
Hay dos tipos de memorias relacionadas con las emociones:
Es la que asocia experiencias con sentimientos. Por ejemplo: escuchar una canción y sentir nostalgia, oler un perfume y recordar a alguien o sentir miedo en un lugar donde ocurrió algo desagradable.
Guarda experiencias personales concretas: dónde estabas, con quién, qué pasó, y cómo te sentiste. Las emociones hacen que esta memoria sea más vívida.
Además las emociones también pueden distorsionar los recuerdos. Aunque creemos que los recuerdos emocionales son exactos, no siempre lo son. Las emociones intensas pueden exagerar detalles, eliminar partes o cambiar interpretaciones con el tiempo.
El cerebro reconstruye los recuerdos cada vez que los evocamos. Por eso dos personas pueden recordar un mismo evento de manera distinta.
EJERCICIO 1083:
¿PUEDES ENCONTRAR EL GATO ENTRE TODOS LOS OSOS PANDAS?

EJERCICIO 1084:
Completa el fragmento de Don Quijote de la Mancha con las palabras que faltan:
