
Las familias que conviven con una persona con deterioro cognitivo saben que cada día puede ser diferente. Lo que ayer funcionaba, hoy puede generar rechazo, confusión o malestar. Por ello, la flexibilidad es una de las herramientas más valiosas en el cuidado diario.
Mantener rutinas estables sigue siendo fundamental, pero también es importante adaptarse a las necesidades cambiantes de la persona. Insistir en una actividad, corregir constantemente o intentar mantener una planificación rígida puede aumentar la ansiedad y la frustración tanto en la persona afectada como en sus cuidadores.
En consulta es frecuente que las familias nos hablen de situaciones que les generan desgaste emocional como: personas que preguntan repetidamente la misma cosa cada pocos minutos, que desean volver a casa, aunque ya estén en ella, que quieren revisar constantemente puertas o ventanas, que insisten en realizar una actividad de una forma muy concreta o que muestran rechazo a ducharse, cambiarse de ropa o acudir a una cita programada.
Ante estas situaciones, la flexibilidad suele ser más útil que la confrontación. En lugar de intentar corregir cada error o discutir cada repetición, puede ser beneficioso redirigir la atención, validar la emoción que hay detrás de la conducta o adaptar la actividad a su estado en ese momento.
Hay que priorizar el bienestar emocional por encima de la perfección. Aceptar cambios de ritmo, modificar horarios cuando sea necesario y ajustar las expectativas a cada etapa de la enfermedad ayuda a reducir conflictos y favorece una convivencia más tranquila.
Ser flexible no significa renunciar a las rutinas, sino comprender que el deterioro cognitivo implica cambios continuos y que acompañar con paciencia, comprensión y capacidad de adaptación puede marcar una gran diferencia en la calidad de vida de toda la familia.
M.ª Luisa Caro Nieto
Neuropsicología Alzheimer Tierra de Barros